Barrick Gold Pàginas en Disputa

Greg Palast

Domingo 29 de Mayo de 2005

“El nuevo secretario de Interior de Bill Clinton, Bruce Babbit, calificó la solicitud de Barrick como ‘el mayor robo de oro a mano armada desde los días de Butch Cassidy’. No obstante, ya que la compañía había seguido el proceso de la vía rápida dispuesto para ellos bajo el mandato de Bush, este ‘Goldfinger’ empresarial tenía a Babbit legalmente cogido por las pelotas. Clinton no tuvo otra opción que darles la mina de oro mientras los ciudadanos eran estafados”.

Los controladores del megaproyecto aurífero Pascua Lama (quizás el más grande del mundo), ubicado en la frontera chileno-argentina, son líderes del negocio del oro en el planeta. Y necesitan mover dos glaciares para sacar el metal dorado de debajo de los hielos. Esta semana, la Corema de la III Región entregó un informe a Barrick donde cuestionó la información entregada por la empresa sobre el manejo de aguas ácidas en la cuenca del valle de Huasco, y recalcó el impacto que tendrá el traslado de los glaciares en el sistema hídrico. Las principales inquietudes de las autoridades y las comunidades afectadas son las consecuencias medioambientales del proyecto estrella de Barrick.

Pero lo que ignoran muchos son las poderosas relaciones políticas y económicas de la minera canadiense a nivel mundial. Según el libro “La mejor democracia que se puede comprar con dinero” (Editorial Crítica, Barcelona) del periodista estadounidense Greg Palast, el multimillonario saudí Adnan Khashoggi -vinculado a operaciones relacionadas con el tráfico de armas- puso dinero para comprar Barrick en 1983. En 2003, Barrick y su presidente demandaron a los diarios “The Guardian” y “The Observer”, donde Palast -quien también trabaja para la BBC- publicó sus investigaciones. Como consecuencia, el libro no ha sido publicado en Inglaterra porque, mientras exista un litigio de por medio, la ley lo impide. Sin embargo, el libro está publicado en Estados Unidos, España y Latinoamérica. Hoy, Greg Palast se considera vencedor porque Barrick retiró la demanda en el Reino Unido, mientras el libro no circule en dicho país.

A Palast se le considera el periodista de investigación más odiado por los centros de poder corporativo del planeta. Ha trabajado con sindicatos y grupos de consumidores en Estados Unidos, Sudamérica y Europa. En 1997 comenzó a publicar sus investigaciones en diversos periódicos. En sus artículos para “The New York Times”, “The Washington Post”, “The Guardian” y la BBC ha denunciado importantes casos de corrupción política, fraude empresarial y manipulación financiera.

Sus columnas “Inside Corporate America” en el británico “The Observer”, le merecieron el Premio David Thomas del “Financial Times” (1997) y el ser nominado como mejor periodista de negocios en 1999.

Recientemente publicó – junto con Theo MacGregor y Jerrold Oppenheim – “Democracy and Regulation”, una recopilación de sus conferencias en la Universidad de Cambridge y en la de São Paulo.

En “La mejor democracia que se puede comprar con dinero” (Crítica, 2003), del cual anticipamos a continuación el subcapítulo dedicado a Barrick, Palast denuncia desde el presunto robo electoral en Florida en la elección de 2000 y las controvertidas vinculaciones de los Bush con las familias Khashoggi y Bin Laden, hasta el papel que habría desempeñado el FMI en la debacle económica argentina, pasando por la insospechada relación de Pinochet con Nixon y la Pepsi Cola. Considerado una “granada de mano” (según John Pilger, del “New Statesman”), el libro retrata el poder y sus relaciones a través de un estilo irreverente y corrosivo.

Capítulo: 6 LOS BUSH Y LOS MULTIMILLONARIOS QUE LES AMAN

George W. no podría haber amasado su fortuna si su apellido fuera Jones oSmith. Mientras otros candidatos rogaban, suplicaban y engatusaban para conseguir donativos, los Bush dieron un giro nuevo, creativo y lucrativo a su búsqueda de dinero que sus adversarios no pudieron imitar: el trabajo de papá Bush después de su paso por la Casa Blanca. Esto sentó las bases de la abundancia del fondo común de la campaña de George W. y, por cierto, aumenta el patrimonio global de la familia varios cientos por ciento.

En 1998, por ejemplo, el ex Presidente y afamado soldado en jefe de la Tormenta del Desierto escribió al ministro de Petróleo de Kuwait en nombre de Chevron Oil Corporation. Bush dice, honestamente, que él “no tenía ningún interés en la operación Chevron”. Cierto, pero después de esta desinteresada utilización de su influencia, la compañía petrolera puso 657 mil dólares en las arcas del Partido Republicano.

Ese año, Bush padre provocó una tormenta en Argentina cuando presionó a su íntimo aliado político, el Presidente Carlos Menem, para que concediera una licencia de juego a Mirage Casino Corporation. Una vez más, Bush senior escribió que no tenía ningún interés personal en el trato. Sin embargo, a Bush hijo le vino bastante bien: después del favor del casino, Mirage dejó caer 449 mil dólares en el arca de guerra del Partido Republicano.

Gran parte del botín de Bush, informa el Center for Responsive Politics, llegó en forma de dinero “blando” y dinero “en fajos”. Es el escurridizo material que las empresas utilizan para escabullirse de la ley estadounidense que les prohíbe cualquier donativo directo.

No todo el trabajo del mayor de los Bush es voluntario. Una sola conferencia al consejo de administración de Global Crossing, la empresa emergente de telecomunicaciones, le reportó acciones por valor de 13 millones de dólares cuando la compañía salió a bolsa. Los empleados de Global Crossing también contribuyeron con otro millón para la carrera del más joven de los Bush.

Y aunque la familia Bush cree firmemente que los ex criminales no deberían tener derecho a votar al Presidente, no se oponen a que los ex presidiarios pongan en nómina a los presidentes. En 1996, a pesar de las súplicas de los líderes religiosos de Estados Unidos, papá Bush dio diversos discursos (cobra 100 mil dólares por conferencia) patrocinados por organizaciones dirigidas por el reverendo Sun Myung Moon, líder religioso, defraudador del fisco y, anteriormente, huésped del sistema carcelario federal de Estados Unidos.

Parte del botín para los esfuerzos republicanos en los ciclos electorales de 1997-2000 procedía de una organización llamada Barrick Corporation. La suma, aunque supera los 100 mil dólares, es relativamente poca cosa para el Partido Republicano, si bien parece todo un detalle para una empresa con sede en Canadá. Técnicamente, los fondos procedían de personas vinculadas a la filial estadounidense de Canadá, Barrick Gold Strike.

Podían perfectamente permitírselo. Durante los últimos días de la Administración de Bush senior, el Departamento de Interior realizó un cambio extraordinario, pero que pasó algo inadvertido, de los procedimientos contemplados en la Ley de Minería de 1872, la ley de la época de la fiebre del oro que permitía que aquellos bigotudos buscadores de oro de poca monta con sus cribas de hojalata y sus mulas reclamaran sus minúsculas parcelas. El departamento inició un procedimiento acelerado a favor de las compañías mineras que permitió a Barrick reclamar su derecho sobre el mayor hallazgo de oro de América. Según la terminología legal, Barrick podía “perfeccionar su patente” sobre un cálculo aproximado de 10 mil millones de dólares en oro (por los que Barrick pagó al Tesoro de Estadas Unidos algo menos de 10 mil dólares). ¡Eureka!

Naturalmente, Barrick tuvo que poner dinero para los derechos de propiedad iniciales y correr con los gastos de desenterrar el botín (y el coste de las donaciones, en cantidades más reducidas, para apoyar al senador demócrata de Nevada, Harry Reid). Aun así, el cambio de las normas se saldó con creces: según algunos expertos del Centro de Política Minera de Washington DC, Barrick se ahorró (y el contribuyente estadounidense perdió) la friolera de mil millones, más o menos.

Después de tomar posesión del cargo, el nuevo secretario de Interior de Bill Clinton, Bruce Babbit, calificó la solicitud de Barrick como “el mayor robo de oro a mano armada desde los días de Butch Cassidy”. No obstante, ya que la compañía había seguido el proceso de la vía rápida dispuesto para ellos bajo el mandato de Bush, este “Goldfinger” empresarial tenía a Babbit legalmente cogido por las pelotas. Clinton no tuvo otra opción que darles la mina de oro, mientras los ciudadanos eran estafados.

Barrick afirma que no tenía ninguna relación con el Presidente en el momento en que cambiaron las leyes1. Pero en el corazón de Barrick siempre hubo un lugar para el mayor de los Bush (y un lugar en su nómina). En 1995, Barrick contrató al ex Presidente como asesor honorífico del consejo de administración internacional de la compañía en Toronto. Bush entró en él por sugerencia del ex Primer Ministro canadiense Brian Mulroney, quien, al igual que Bush, había sido ignominiosamente echado a patadas del cargo. Me sorprendió un poco que el Presidente hubiera accedido. Cuando Bush perdió la reelección a la Casa Blanca, juró que nunca presionaría a favor de una empresa o se uniría a su consejo de administración. El presidente de Barrick se jacta abiertamente de que la concesión del título de “asesor” fue una astuta maniobra para ayudar a Bush a pasar de puntillas sobre su promesa.

Yo tenía una curiosidad: ¿qué se hace con un Presidente utilizado? Barrick niega categóricamente que nombrara a Bush “para conseguir que se pusiera en contacto con otros líderes mundiales a los que él conoce, o con quien pudiera ser de considerable ayuda” para la compañía. Sin embargo, en septiembre de 1996, Bush escribió una carta para ayudar a convencer al dictador indonesio Suharto para que otorgara a Barrick una nueva y suculenta concesión de explotación de oro.

La carta de Bush pareció ser efectiva. Suharto le quitó el 68% del mayor filón de oro del mundo a su descubridor y se lo entregó a Barrick. Sin embargo, la magia de Bush a la hora de buscar favores no es invencible. Jim Bob Moffett, un duro y viejo zorro de Louisiana que preside Freeport-McMoRan, el rival americano de Barrick, se reunió en privado con Suharto. Cuando Suharto salió de la reunión, el cleptócrata anunció que Freeport ocuparía el lugar de los canadienses de Bush. (Barrick tuvo suerte: el enorme depósito de oro resultó ser una farsa. Cuando se descubrió la estafa, los colegas de Jim Bob invitaron al geólogo Mike de Guzmán, que “había descubierto” el oro, a que hablara sobre el error de sus procedimientos. Por desgracia, de camino a la reunión, De Guzmán cayó de un helicóptero).

¿Quién es este “Barrick” a quien nuestro ex Presidente alquilaría el prestigio que emana del Salón Oval? No pude encontrar a un Joe Barrick en el listín telefónico canadiense. En lugar de ello, la compañía, tal como opera hoy, fue fundada por un tal Peter Munk. El empresario fue conocido públicamente por primera vez en Canadá en la década de 1960 como figura central de un escándalo de abuso de información privilegiada. Munk se había deshecho de sus acciones de una fábrica de equipos estereofónicos que él controlaba justo antes de que se fuera al garete, dejando que los demás inversores y el Gobierno cargaran con el muerto. Nunca fue acusado, pero, señala la revista canadiense “Maclean’s”, la empresa y la venta de acciones “costaron a Munk su negocio y su reputación”. Sin embargo, hoy se calcula que el patrimonio neto de Munk es de 350 millones de dólares, incluidas las casas que tiene en dos continentes y su propia isla.

¿Cómo pasó de fabricante de equipos estereofónicos arruinado a aficionado al oro? La respuesta: Adnan Khashoggi, el traficante de armas saudí, el “hombre del saco” de los escándalos Irán-Contra de suministro de armas a cambio de rehenes. El hombre que envió armas al ayatolá asociado con Munk en unas empresas hoteleras y que, finalmente, puso el dinero para comprar Barrick en 1983, en aquel entonces una compañía minúscula con una reclamación “no perfeccionada” sobre la mina de Nevada. Se recordará que Bush perdonó a los conspiradores que ayudaron a Khashoggi a armar al Eje del Mal, haciendo casi imposibles las acusaciones contra el jeque. (Bush perdonó a los conspiradores no para hacer un favor a Khashoggi, sino para hacérselo a él mismo).

Khashoggi salió de Barrick justo después de que estallara el escándalo Irán-Contra, mucho antes de 1995, cuando Bush fue invitado a entrar. Por aquel entonces, la reputación de Munk se había restablecido, al menos en su opinión, en parte gracias a donativos masivos a la Universidad de Toronto. Después de este gesto filantrópico, la universidad concedió un doctorado honorífico al Bush asesor de Munk. Algunos estudiantes fueron detenidos por protestar por lo que les parecía un trato económico a cambio de honores.

El Presidente de alquiler del señor Munk no satisfizo el coste de su alquiler en Indonesia. Las ganancias de la inversión de Barrick en los políticos llegaría de África.

Mobutu Sese Seko, el difunto dictador del Congo (Zaire), fue uno de los criminales más grandes e indiscutibles del último siglo, había robado cientos de millones de dólares del tesoro nacional de su país (y compañero de golf de Bush senior). Este antiguo vínculo de vínculos probablemente no perjudicó a Barrick cuando solicitó con éxito una concesión minera de oro de 80 mil acres al asesino congolés. Pero no fue el propio Bush quien presionó el acuerdo a favor de Barrick. No es que al ex Presidente le disgustara utilizar la autoridad de sus antiguos cargos para hacer tratos con un déspota. Por el contrario, en aquel momento Bush estaba supuestamente ayudando a Adolf Lundin, en otro tiempo rival industrial de Barrick. El especialista en África Patrick Smith, residente en Londres, reveló que Bush llamó a Mobutu en 1996 para conseguir un trato a favor de Lundin por una mina lejos de la de Barrick.

La rebelión contra Mobutu arrasó el emplazamiento de la mina, aunque no por desinterés de la compañía. Según testimonios en vistas convocadas por el líder minoritario del Subcomité de Derechos Humanos del Ministerio de Asuntos Exteriores, el respetado periodista Wayne Madsen declaró que Barrick, para tratar de ganarse el favor de los dos bandos, los financió indirectamente a ambos y, de este modo, ayudó sin darse cuenta a continuar el sangriento conflicto. Los hechos relatados por Madsen no han sido confirmados: la verdad se encuentra perdida en algún lugar de la selva, adonde no irán los investigadores del Congreso.

Aunque Barrick se dio de narices en Indonesia y el Congo, los mayores beneficios llegaron del otro lado del continente. El presidente de la compañía se había jactado ante los accionistas de que el prestigio de la junta asesora Mulroney-Bush contribuyó de forma decisiva a conseguir una de las explotaciones de oro más importantes de África oriental, en Bulyanhulu, Tanzania. Barrick, según su presidente, había codiciado esta concesión (que tenía unos tres mil millones de dólares en lingotes de oro) desde mediados de la década de 1990, cuando empezó a mantener contactos con los gerentes de Sutton Resources, otra compañía canadiense, que poseía los derechos de excavación del Gobierno. Enriquecida por sus operaciones en Nevada, Barrick podía comprar Sutton, y finalmente lo hizo. Sin embargo, en 1996 existía un problema con la adquisición de Sutton: en aquellas tierras todavía vivían y trabajaban decenas de miles de pequeños buscadores de oro de poca monta o “mineros de joyas”, así denominados a causa de sus minúsculos hallazgos. Estos pobres excavadores africanos tenían derecho legal a reclamar sus minúsculos pozos mineros en la propiedad. Si ellos se quedaban, la concesión no tenía ningún valor.

En agosto de 1996, los bulldozers de Sutton, respaldados por las armas de fuego de la policía militar, pasaron por la explotación minera e hicieron pedazos las casas de los trabajadores, destrozaron sus equipos mineros y llenaron sus fosos. Varios miles de mineros y sus familias fueron ahuyentados de la propiedad. Pero no todos. Cerca de 50 mineros permanecieron en sus pozos, enterradas vivos.

“Enterrados vivos”. Esto no figura en el currículum de Bush, ni en la página web de Barrick. Era de esperar que no apareciera. Pero tampoco lo habrá leído en los periódicos de Estados Unidos.

Hay dos posibles explicaciones para este silencio. En primer lugar, se trata de hechos que nunca ocurrieron; el cuento de los entierros de personas vivas es una completa invención de un hatajo de negros africanos codiciosos y mentirosos que intentan hundir a Sutton Resources (desde 1999, una filial de Barrick). Esto es lo que dice Barrick después de haber realizado sus propias investigaciones de rigor y basándose en las investigaciones locales y nacionales del Gobierno de Tanzania. Y la opinión de la compañía está respaldada por el Banco Mundial2.

Hay otra explicación: Barrick amenaza y demanda a los periódicos y a las organizaciones defensoras de los derechos humanos que se atreven a decir una palabra de las acusaciones (incluso aunque se expongan las negativas de Barrick). Lo sé: demandaron a mis periódicos, “The Observer” y “The Guardian”. Barrick envió incluso una carta al internacionalmente respetado abogado de derechos humanos Tundu Lissu, miembro del Instituto de Recursos Mundiales de Washington DC, resumiendo su pleito contra el “The Observer” y advirtiendo que daría “todos los pasos necesarios” para proteger su reputación en el caso de que el instituto repitiera cualquiera de las acusaciones. Las amenazas de Barrick son el menor de los problemas de Lissu. Por haberme suministrado pruebas (fotografías del cadáver de un hombre supuestamente asesinado por la policía durante el despeje del emplazamiento de la mina, declaraciones notariales de testigos, incluso un video policial de los trabajadores buscando cuerpos en el interior de los pozos mineros) y por la rigurosa investigación de los asesinatos realizada por Lissu, sus compañeros de Dar es Salaam han sido detenidos y él mismo ha sido acusado por el Gobierno de Tanzania de sedición.

En 1997, mientras Bush estaba en el consejo de administración (lo abandonó en 1999), la revista “Mother Jones” nombró al presidente de Barrick, Munk, uno de los “diez cerditos” de América (todo un honor para un canadiense) por haber envenenado, supuestamente, el suministro de agua del oeste con las toneladas de cianuro que su empresa utiliza para fundir montañas de oro.

En particular, una de las primeras acciones del Departamento de Interior de Bush junior en 2001 fue indicar que revocaría las normas de la Administración de Clinton que exigían que las empresas de extracción de oro limitaran el volumen de los vertidos residuales y que, además, permitiría la creación de nuevas minas, incluso aunque lo más probable es que éstas causaran un “daño importante e irreparable”. “The New York Times” publicó un extenso artículo de primera plana sobre las ventajas de esta relajación de las normas para las compañías mineras de Nevada, pero el “Times” no mencionaba en ningún lugar el nombre del propietario de la mayor mina de oro de Nevada, Barrick, ni a quien recientemente había estado en su nomina, el padre del Presidente.

© Greg Palast

(Editorial Crítica, Barcelona)Cerrar Copyright © 2003, Empresa Periodiostica La Nación S.A.